Memorial de la Erinia

Bernardo Ruiz



Indice de Memorial de la Erinia


Agonía
Como si fuera martes
Memorial de la Erinia
Dicho de paso
Destinos
Memorial de la Erinia o agonía
Para otra geografía
Primeros días
Table Dance
Agonía (dos)

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A Primus y Rafael Pérez Gay


Agonía

Se me rompió el corazón.
sólo me quedaron las ilusiones.
y una nostalgia como de chicle bomba..

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Como si fuera martes

A Lisa, un miércoles

Será la madrugada. Te habrás ido.
Explicas, pretextas: hoy es miércoles,
entro temprano.

Preparo café en mi casa vacía.
(Hasta el viernes voy de compras.)

Ayer fue sábado y lunes o domingo.
Los días que no nos vemos,
Amas a otro, infiero.

Dormida de la mano, con tu novio,
yace en tus sueños quien fue una vez tu amante.

Hoy miras a tus hijos, los padres de tus nietos.
Los días feriados preparas cena, comida, almuerzo y desayuno.
(Nadie te da las gracias.)

Sola, en la cocina, piensas en mí
—como si fuera martes, medianoche,
y, somnolienta, fatigada, tú,
rumbo a tu casa.

Porque fue martes,
siempre,
el día que nos amamos sin ver el calendario.

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Memorial de la Erinia

Ni pura, ni mística, ni arcana.
Tampoco la primera,
o quizá, bien, la primerísima
en mi rencor doliente:

—Este hombre indefenso ante tu fuerza.

Ojos de leona, leona
verde, celosa y vengativa

quisiera el tiro de gracia
no la herida,
ni el agudo dolor de la agonía.

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Dicho de paso

Nadie le cree y él sonríe.
Dice: "busco la muerte."

Lo piensa de él, del Ruiz,
sin culpa ni molestia alguna.

¿Para qué temer a la indefensa nada?
¿Para qué inventar reproches?
Es muy sencillo.

Aquél, el Ruiz, está como cansado,
con sueño, con la ilusión inútil, vana
de dormir un sueño eterno
(como el amor por su mujer,
como la felicidad que desea para sus hijos).

Y no se miente.
Prueba el fulgor de la navaja
en su garganta
e imagina largamente la gota de sangre
y las siguientes, muchas,
escapando de su cuello,
de sus muñecas
como escolares de los días de clase.

Por dentro, el Ruiz sonríe
victorioso o satisfecho.
Ha inventado los domingos.

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Destinos

Cuando ella me acaricia con sus manos
o con sus ojos brillantes
ignora que contempla a su suicida.

Leona piensa iluminada
en las futuras tardes, rodeados de hijos.
Quizá, también, en largas travesías nocturnas

y en el recorrido entre cariño y pasión,
la gruta del deseo o, aun, en más lejanas
estaciones y paisajes.

Amorosamente,
en mi interior,
me burlo de ella porque sé:
debo dejarla antes de las doce.

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Memorial de la Erinia o agonía

¿Extrañaré tu mal humor de la mañana, tras las caricias
salvajes de la madrugada? Y el café del alba.

¿Cuánto más estará en mí la nostalgia por la casa fría y
el húmedo patio y tu gato, los fines de semana?

¿Cuelgan aún nuestro Cuevas y el Rothko junto a los
mausoleos familiares y mi cripta?

¿Entra todavía el sol por el oculto tragaluz del cuarto?
¿Y platican nuestros fantasmas o se cuentan historias de amor?

¿Cortas, mujer, la jacaranda y bendices la casa con tu
cabello tras las abluciones, y maldices la hora de partir?

O bien, ya hay algo de polvo sobre todo eso.

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Para otra geografía

Según la moral de tu ciudad
se puede patear hasta la muerte al negro,
prender fuego a las casas de los inocentes
y sentir el viento nasal de la cocaína
y el sol-alcohol en cada poro.

Pero cuidado. Está prohibido
encender un cigarrillo,
ignorar a un animal,
la incertidumbre del ateo
y los sueños vanos.

Acabo de borrar a Los Angeles del mapa.

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Primeros días

Inventaré la noche como una paloma
en el corazón de la obsidiana.
En medio de ellas imaginaré mi tumba o, bien,
una mujer hermosa como un desvelo
desnuda como una luz;

o, bien, intentaré una caricia,
un beso robado a medianoche,
un sueño de mujer o un ángel
hermoso y semejante
al blanco vuelo de las flores de papel
—tan hábiles
como alas de efímera,
como el primer beso—;

o, bien, la imagen anhelada siempre
en el deseo de adolescencia:
casi un cromo,
una copia finamente trabajada al carboncillo
de la visión húmeda, febril
que acariciaste en la madrugada.

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Ilustración de Gonzalo Utrilla


Table Dance

Lo siento,
porque este suicida no llegará al puente
ni piensa llamar a su novia
para despedirse.

Este sucida mirará la noche
plural e inmensa
como una fiesta para cualquier estrella.

Como si fuera un hombre,
evocará a su mujer, a sus hijos
—en aquella época cuando el padre
y la madre, y la familia
parecían la regla o el inicio,
el principio de la gravedad,
la fricción
o alguna ley implacable de la Física.
Lástima.

Las personas son más simples,
dice mi amigo:
—Van al baño,
celebran sus aniversarios,
invitan al jefe o al vecino
y se conforman, como piedras
al pie de una montaña.

Jamás invocan,
lástima,
a Telémaco, Ulises o a Catulo
¿para qué?

Las grandes fiestas
son producto de encuentros circunstanciales:
la bella del metro,
el galán del cabaret,
la carnosa pasajera de la combi.

O, más bien lejos, la causan
la podredumbre, la inercia
y el registro de algún verso
pasado por agua,
pasado por alto,
si es que alcanza una estatura.

Sobrevive, mientras tanto.
Espera.
Te invitaré a algún lugar
donde las mujeres muestran al sol sus desnudeces.
Tímidos,
evocaremos a la Virgen.
Si no,
al Arcano, al Tiempo,
el Cronópida harto de engendrar comida;
evocaremos
al rápido placer de las esquinas
(la novia abandonada, la sedienta moza);
inventaré una secretaria
que sepa bailar y desnudarme
(te contemplaré, mujer, únicamente)
mientras un dios mortal y corrompible
nos vigila.

No te apures, fantasearemos
la pasión o el amor,
quizás la supervivencia,
cañería
de desagües imprecisos:
este sol que no calienta,
el Tafil o el Ativán,
la mención del prócer, patrocinador humilde, ingente,
el gran nombre acosado por el SIDA
—como un catarro súbito—
o un juego capaz de enervar al Secretario
de Salud,
de ambientes múltiples
en un ansia desdichada, hereditaria
en que se pide perdón
a la hora de la compra y de la venta:
la inercia y el pago por adelantado,
por encima de todo compromiso:
la luna llena
el agua ausentándose del pozo,
la risa quinceañera de la virgen única
—diosa menguante
perdida entre nóminas e impuestos—
sin aviso previo, sin política.

Por ello, tú y yo
recibimos la llamada
la incomprensión y la queja de los donceles graves,
los pretendientes alejados de sus lechos.

Sublimes o insensatos,
a nadie importa,
lavantaremos la cruz,
tiraremos piedras
satisfechos
más allá de un diálogo
de una concertación o del Imaginario colectivo.

Diremos salud;
se pedirán disculpas.
Lentamente la edad,
el olvido y las conspiraciones
originales o comprometidas
—a quién importa—
nos llevarán al desenlace:

esta conversación donde tú y yo
esperamos las verdades,
la quincena,
el amplio acceso a paraísos nuevos,
vetados desde siempre a los interesados.

¿Estamos en paz?
No nos engañemos.
Por siempre,
la noche es mi enemiga.

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Agonía (dos)

Sólo en este silencio
el rumor del gas
y esta fatiga
próxima a la pesadilla.

Escondido, entre mis manos
tu retrato.


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Memorial de la Erinia de Bernardo Ruiz
fue publicada por cortesía de la Editorial la Tinta del Alcatraz.
Colección La Hoja Murmurante, separata de arte libertario No. 215.
Coordinador: Héctor Sumano Magadán.
Correspondencia: Nicolás Bravo Nte. 735.
Toluca de Lerdo, Estado de México
ISBN 968 6279
© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, México, 1994.
Ilustraciones de Gonzalo Utrilla.
Se permite su reproducción sin fines de lucro. Se agradecerá un correo previo a esta dirección
bernardo@ruix.biz