Esto le hizo comprender su destino. Tomándolo en sus
brazos el héroe comenzó a calcular, a medir sus fuerzas.
Ávido, ágil como látigo debía lanzarse, alcanzar el
alambre que iba a conducirlo al árbol, a la escalera y a la
salvación.
Así, el héroe comprendió por qué hay hombres capaces
de vender su primogenitura por un plato de lentejas o
imperios y reinos por un caballo.
Había sustituido su sueño y su cansancio por el ardor en
los ojos y el niño. Estaba desesperado para no sentir el
miedo. Sin más que su debilidad, el niño se apretaba contra
él en la añoranza del seno de su madre.
Quiso pensar únicamente en la mirada de la mujer que
en ese instante hubiera suspirado por él. Sintió la criatura
apenas protegida por su cuerpo. Tras la ventana la noche
aparecía iluminada por un resplandor intenso, casi tan bello
como el tono de la piel de una mujer clara como la arena.
Sin dudarlo se impulsó desde el fondo de la
habitación. Luego, la oscuridad. Claudia era hermosa cada
noche, pensó en el aire, antes que lo invadiera una profunda
nostalgia.
Copyright © 1996 Bernardo Ruiz
Copyright © 1981, La otra orilla, Bernardo Ruiz