Oración

Bernardo Ruiz


Como todos los hombres, soy un peregrino; quizá el más evidente. Como todos los hombres, puedo equivocarme, pero no los dioses, me debo recordar cada noche mientras oigo la apagada respiración de mi hija confundiéndose con el rumor del viento. Ese viento que parece repetirme un nombre que no entiendo o que he olvidado.

Desde que perdí a mi mujer renuncié a las ciudades que miran sobre el mar, cedí a otros mis derechos para contemplar los cielos y los ríos y, sin otro deseo que conocer mi rostro verdadero —no el que los años fustigan, no el que el sol y la tierra resecan—, dejé mi casa para recorrer poblados y palacios callando para que el Dios hablara por mi boca.

Cuando niño jugaba en mi palacio —mientras mi ayo explicaba el arte de la guerra, las facultades de las plantas, las virtudes de los gobernantes, los procedimientos para impartir justicia— imaginé perfecto el orden del mundo, el equilibrio de los planetas, las intenciones de mis hermanos. El universo que me rodeaba, que contemplé en mis vigilias, respondió siempre a la explicación del ayo; una descripción perfecta que obedecía desde el origen al capricho de los dioses. Para ser hombre, quise elegir mi destino.

Apasionado, acaricié cada una de las formas de la soledad: en la victoria y en la ignominia, en la tímida voz de mi hija, en los sapientes dictados de los inmortales cuando se manifiestan entre los fantasmas del sueño de los sentidos, me estremecí con su beso.

La vida parece corta, casi tan breve como el momento del amor: un instante que abarca la cima y el abismo en medio de la eternidad. Cuando el final se acerca, cada nueva voz es el eco de otra, tiempo atrás olvidada (el olor a sal del mar nos remueve en la memoria la caricia de una mujer, segundos después del nacimiento, o años). O se escucha como el viento cuando gime como el viejo que maté en mi juventud, o acaricia como la reina que amé.

Contigo o sin ti, oh mujer, la vida es un laberinto que regresa a ti; una celda estrecha donde está grabado tu nombre con mi sangre en todas sus paredes.


Copyright © 1996 Bernardo Ruiz