II.4 TRES POEMAS VAMPÍRICOS

Poco se conoce en español respecto a Kaspar Stieler (1632-1707). Nació en Turingia y sirvió en el ejército prusiano contra los suecos. Más tarde fue funcionario público. Para nuestros tema, conviene conocer uno de sus poemas:
Que los muertos descansen en paz
(Laß die Verstorbenen ruhen)
¡Muere, Filidor!
¿por qué no moriste por tu deseo?
El coro de promesas de las musas
anunciaba herederos a tu nombre,
aunque pensara Florilis
que ninguno se lamentaría por ti.
Florilis, ciertamente,
reirá con tu muerte;
y, de seguro,
chistes contará
encima de tu ataúd
y brincará, vitoreará
y cantará sobre tu tumba.
Si alguien menciona tu nombre,
tras tu muerte,
como, cuando o donde sea,
ella se burlará sobre tu lápida,
ella misma sacudirá tus roídos huesos.
Mas orgullosa niña,
no imagines
que te dejaré ir así.
Un rostro espectral,
parecido al mío, te atormentará;
te perseguirá mi fantasma e irá a la cama contigo.
Un opresivo sueño
te despertará frecuentemente.
Con dificultad creerás cómo entonces puedo asustarte:
Haré miserable tu vida con lamentos y golpes.
Si por la mañana te econtraran contusiones,
di que te las hice por vengarme.
Si caes enferma
te atormentaré en tus pensamientos.
Mas vale entonces te corrijas
mientras tiempo hay para hacerlo.
Si me desvaneces en las aguas vaporosas del Aquerón
no tendrá sentido quejarse
cuando te atormente mi fantasma.

Así pues, en Turingia, Kaspar Stieler engendró al primer reviniente literario: el amante despechado, con todas las características del vampiro.

El juego literario de Stieler no pasó inadvertido. En 1773, Gottfried August Bürger (1747-94), escribió Lenore, (que a veces es confundido con Leonore),un poema largo donde el tema basa su fuerza en la duda religiosa y, ciertamente, en el estremecimiento del lector ante la capacidad de reclamo de la protagonista contra Dios.

No conozco traducciones del poema al español, de modo que me referiré al argumento: una joven , Lenore, espera inútilmente el regreso de William, su joven prometido, de la Batalla de Praga. Su madre trata de consolarla, mas en su desesperación, la muchacha reniega de Dios y de su misericordia, del consuelo de los sacramentos y de la vida misma: “Quisiera no haber nacido”, exclama antes de desvanecerse.

Durante la noche William llega llamando a voces a Lenore y urgiéndola para que deje todo y cabalgue con ella el largo camino que le falta por recorrer hasta su lecho nupcial. Ella monta en ancas y corren bajo la luna brillante entanto William le repite que los muertos cabalgan veloces entre una vasta humanidad y geografía que se desvanecen a sus costados.”¿Te atemoriza la muerte?”, pregunta el novio, mientras las estrellas y el cielo parecen ir quedando atrás.

Casi al amanecer, los novios llegan a un cementerio cuyas puertas se abren para ellos. Allí ocurre el milagro: el caballo desaparece y Lenore queda sola frente a su prometido, quien al desprenderse del uniforme no es más que un esqueleto "con guadaña y reloj". Surgen gritos de las tumbas y el corazón de Lenore desfallece mientras un grupo de espíritus la rodean cantando que ha perdido su cuerpo, pero que Dios puede apiadarse de su alma.

Aunque el poema pretende una moraleja, el reviniente cuenta ya con la mayor parte de los elementos que habrán de fortalecerlo en lo sucesivo: la alianza de la noche, un cuerpo humano para engañar a los vivos, la capacidad de regresar del inframundo para buscar a un ser querido, y por último, la necesidad de destruír a los vivos.

Sin embargo, a quien debemos literariamente la conversión de las viejas leyendas a modelos literarios modernos es a Johann Wolfang Goethe (1749-1832), autor de Fausto, Egmont, Las afinidades electivas, y en especial de La novia de Corinto (1797).

Llama la atención que el tema del vampirismo atraiga a Goethe próximo a los 50 años. 25 años atrás Goethe había estudiado con detalle química, alquimia y misticismo, y desde entonces se había revelado como un poeta notable. En La novia de Corinto conjuga una serie de situaciones que a lo largo del siglo sólo se habían manifestado como un mosaico de preocupaciones sociales, filosóficas o religiosas. Él les dio la dimensión literaria.

El poema no se encuentra fácilmente en ediciones en español. Me permito arriesgar una versión:

La novia de Corinto

Provenía de Atenas un joven

que llegó a Corinto, donde nadie lo conocía.

Él contaba con la amable recepción de uno de sus habitantes:

sus padres estaban unidos por la hospitalidad,

y habían convenido, mucho tiempo atrás,

el matrimonio de una y otro:

su hija y su hijo.

Pero, ¿sería bienvenido aún

si no compra con cariño este favor?

Él es todavía pagano, como los suyos;

pero ellos ya son cristianos y se han bautizado.

Cuando nace una nueva fe,

el amor y la fe jurada, frecuentemente,

se destruyen como una mala yerba.

Ya la casa entera reposa;

padre e hijas; sólo la vigilia es de la madre;

que recibe con diligencia al huésped:

de inmediato lo conduce a la habitación más bella.

Previniendo sus deseos ,

le presenta los vinos y manjares más preciados.

Tras atenderlo, ella le desea una buena noche.

Pese al buen alimento servido,

él no siente deseo alguno de comer;

la fatiga lo hace rechazar manjares y bebida.

Y, vestido, se recuesta en el lecho.

Casi está dormido

cuando un huésped extraño

se introduce en la recámara

por la puerta abierta.

Al resplandor de la lámpara ve avanzar

por el cuarto a una joven silenciosa y púdica,

cubierta de un velo y un vestido blancos;

una lazo negro y oro ciñe la frente.

Cuando ella lo percibe

se azora y estremece

y alza blanca su mano.

“Soy, entonces —clama ella—, tan extraña en mi propia casa

que para nada me avisan la presencia de un huésped?

Es así, ay, que se me tiene encerrada en mi celdilla,

y que mientras, aquí, se me cubre de vergüenza.

Pero sigue reposando en tu lecho,

me alejaré con la rapidez con que vine”

“Quédate, bella joven”, grita él

levantándose con precipitación.

“He aquí los dones de Ceres, he aquí los de Baco,

y he aquí, querida niña, que tu traes el amor.

¡Estás pálida de miedo!

Ven, querida, joven, ven

y gustaremos juntos los goces divinos”

“Quédate lejos de mí, buen hombre, deténte.

Yo no estoy consagrada a la alegría.

El último paso, ay, fue dado

por mi querida madre: vencida por la enfermedad,

ella hizo al mejorar el juramento

de que mi juventud y mi cuerpo

serían ofrecidos, de inmediato, al servicio del cielo.

“Y apenas el brillante cortejo de los antiguos dioses

partió la casa quedó en silencio.

Ya no se adora más que a un solo Dios

invisible en el cielo, Salvador sobre la cruz;

a quien nadie aquí le ofrece en sacrificio

toros o corderos

sino víctimas humanas en cantidad infinita.”

Y él le pregunta y reflexiona todas sus palabras;

ninguna escapa a su espíritu.

“¿Será posible que en esta callada habitación

frente a mí esté mi novia bien amada?

¡Sé mía entonces !

Los juramentos de nuestros padres

nos valieron ya la bendición del Cielo.”

“No soy yo quien te está destinada, buen hombre;

se reservó para ti a mi más joven hermana.

Cuando en mi celdilla silenciosa sea librada a mis tormentos,

en sus brazos, piensa en mí;

en mí que no pienso sino en ti,

que me consumo de amor

y que, pronto, me iré a esconder bajo la tierra.”

“No, lo juro por esta flama

que desde ahora Himeneo hace por nosotros brillar:

tú no estás perdida, ni para mí ni para el placer,

y tú me acompañarás a la casa de mi padre:

bien amada, quédate aquí;

celebra conmigo, en este mismo instante,

aunque inesperado, nuestro festín nupcial!”

Entonces intercambiaron ellos los gajes de la fidelidad:

ella le tiende una cadena de oro

y el desea ofrecerle una copa

de plata de arte incomparable

“¡Esta copa no es para mí;

pero te pido

me regales un rizo de tus cabellos!”

En ese momento suena la hora lúgubre de los espíritus,

y entonces, solamente, la joven parece sentirse a gusto.

Ávidamente, de sus labios pálidos, ella bebió

el vino de un rojo sombrío como la sangre.

Pero del pan de trigo

que él le ofreció amablemente,

no tomó la menor migaja.

Y ella tiende la copa al joven,

quien, como ella, la vacía de un solo trago, golosamente.

Y durante esa comida silenciosa, él le solicita su amor.

Su pobre corazón, ay, estaba enfermo de amor.

Pero ella se resiste

a toda súplica

hasta que él se echa a llorar en la cama.

Y viene ella y se tiende cerca de él.

“¡Ay, cómo sufro de ver tu tormento.

Pero, ay, si tocas mis miembros

sentirás estremecido lo que te escondí:

blanca como la nieve

pero fría como el hielo

es la amante que tu has escogido!”

Él la toma con ardor en sus vigorosos brazos,

llevado por la fuerza de su joven amor.

“Espera entonces recalentarte más cerca de mí todavía,

aunque sea la tumba quien te haya enviado hacia mí.

Mezclemos nuestros alientos, intercambiemos nuestros besos,

que nuestro amor se desborde!

¿No te inflamas al sentir la llama que me devora?”

Más fuerte aún los unió el amor:

las lágrimas se mezclaron a sus arrebatos.

Con avidez ella aspira el fuego de sus labios,

y ninguno se siente vivir si no es en el otro.

Con la furia amorosa del joven

la sangre congelada de la muchacha se recalienta;

pero en su pecho el corazón sigue inmóvil.

Mientras tanto la madre, retrasada por los cuidados del aseo,

pasa aún con suave marcha por el corredor frente al cuarto.

Escucha tras la puerta, oyó largo tiempo

esos sonidos extraños:

voces voluptuosas y lamentos

de un novio y de su prometida,

balbuceantes insensatos del amor.

Ella permanece de pie, inmóvil, frente a la puerta,

porque ante todo desea convencerse plenamente:

escucha colérica los juramentos de amor más solemnes,

las palabras de amor y de promesa:

“¡Silencio, el gallo despierta!”

“—Pero la noche que viene

¿vendrás de nuevo?” Y besos sobre besos.

La madre no puede contener más tiempo su indignación,

abre con rapidez la bien sabida cerradura.

“¿En esta casa hay entonces hijas perdidas,

capaces de entregarse así de pronto al extraño?”

Abre la puerta, entra.

y a la luz de la lámpara

distingue, oh Cielos, a su propia hija.

Y el joven, en el primer momento de terror,

quiere cubrir con su velo a la muchacha,

esconder bajo el tapiz a la bien amada.

Pero ella se defiende y libera con prontitud

como con la fuerza de un espíritu

su alta estatura

se yergue lentamente sobre el lecho.

Madre, madre”, dice con una voz sepulcral,

“¿me reprocha, entonces, esta noche tan bella?

Me expulsa usted de esta cama cálida?

¿Sólo desperté para entregarme a la desesperación?

¿Ya no le satisface

en buena hora haberme amortajado en un sudario

y depositado en la tumba?

“Pero una ley que me es propia me impulsa

fuera de la fosa estrecha al duro manto de la tierra.

Los cantos salmodiados por tus sacerdotes

y su bendición no tienen efecto alguno.

El agua y la sal son incapaces

de extinguir los ardores juveniles

y, ay, la tierra no enfría el amor.

“Este joven me fue prometido,

cuando en pie estaba todavía el templo de la amable Venus,

Madre, y usted faltó a su promesa

ligándose por un juramento bárbaro y sin valor.

Porque ningún Dios acogerá

a una madre que jura

rehusar la mano de su hija.

Una fuerza me arroja fuera de la fosa

para buscar todavía los bienes de los que me despojaron,

para amar aún al esposo ya perdido

y para aspirar la sangre de su corazón.

Y cuando éste muera,

me pondré en busca de otros

y mis jóvenes amantes serán víctimas de mi deseo furioso.

“Bello joven, tus días están contados.

Morirás de languidez, en este sitio.

Te regalé mi collar,

yo me llevo el rizo de tus cabellos.

Míralo bien:

mañana tus cabellos estarán grises;

solamente en la tumba renegrecerán.

“Escuche, ahora, madre, mi última plegaria:

Haga levantar una hoguera,

abra la estrecha tumba donde me ahogo,

y dé reposo a los amantes entregándolos al fuego.

Cuando la chispa salte,

cuando ardan las cenizas,

nos elevaremos hacia los antiguos dioses.

Es imponente el reclamo de amor de la joven vampira hace 200 años: erguida sobre el lecho se lamentaba de un Dios que prefería sacrificar hombres que ofrendas. Goethe preludiaba la orfandad de un mundo en el que los hombres buscarían en la noche y entre los muertos vivos una eternidad y una luz que se les escapaba como arena entre los dedos.



Copyright © 1997, 1998, Bernardo Ruiz
Revisión más reciente: martes 9 de junio de 1998