III. EL VAMPIRO

III.1 BYRON Y POLIDORI:EL ENTIERRO/EL VAMPIRO

 

August Darvell y Lord Ruthven

Cuando recuerdo la belleza de Dalal y su desgraciada relación con Algol, a base de engaños, no puedo dejar de relacionar esa circunstancia de la historia miliunanochezca con El vampiro de Polidori. Igualmente, la historia que Lord Byron no terminó, El entierro, tuvo un desarrollo semejante.

Cuenta la leyenda que reunidos en Génova, Suiza, en 1816, los Shelley —Mary y Percy B.—, Lord Byron y John William Polidori se propusieron a partir de la lectura de una obra de origen alemán, la Phantasmagoriana, la creación de una historia fantástica. Conocemos los resultados: el médico Polidori, Byron y Mary Shelley escribieron sendas obras que fundamentan la moderna literatura del horror: El vampiro, El entierro y Frankenstein, respectivamente.

Son, sin embargo, las dos primeras las relacionadas con el vampirismo. Es seguro que Byron comentó su argumento con Polidori: la idea de un juramento que atara a un hombre que conociera la naturaleza del vampiro. Aun cierta geografía coincide: la tumba del vampiro está en Grecia, donde se había originado la leyenda, define la historia de Polidori. Cerca de Esmirna, en Turquía, el túmulo de Darvell, relata Byron.

Byron no llegó a concluir su historia; aunque las versiones alrededor de su estancia en Ginebra son contradictorias, se sabe que no tuvo mayor interés en su argumento. Porque pese a lo perfectible de la narración, ésta queda en los huesos. El vampiro sólo bosqueja lo que podría ser en verdad. Veámoslo esquemáticamente:

a) Ruthven en Londres. El encuentro con Aubrey.

b) Viaje a Europa de Ruthven y Aubrey. Ruptura en Roma.

c) Aubrey en Grecia. Su amor por Ianthe. Leyendas de vampiros. Asesinato de Ianthe.

d) El reencuentro con Ruthven. El asalto. Juramento de Aubrey. Asesinato de Ruthven.

e) Regreso a Londres. Locura de Aubrey. Reencuentro con Ruthven.

f) Matrimonio de la hermana de Aubrey con Ruthven. Muerte de Aubrey y de su hermana.

g) Descubrimiento del vampirsmo de Ruthven.

Polidori relata en tercera persona. Byron en primera. El esquema de El entierro, con base en el esquema de El vampiro es éste:

a) Darvell conoce al narrador.

b) Viaje por el sur de Europa y Esmirna de Darvell y narrador.

c) Enfermedad de Darvell. Viaje al cementerio. Juramento. Muerte de Darvell.

Con esta perspectiva, los lectores pueden tener una idea clara de la diferencia entre ambos textos y evitar el error común de que Polidori había plagiado la historia de Byron. No. Más bien el dolor de la vampira de La novia de Corinto tiene su reverso de la moneda en Polidori con Ianthe:

“Cuando la joven veía que Aubrey se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que le creyese, porque la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la existencia del vampiro obtenían siempre alguna prueba que, con gran dolor y penosos castigos, les obligaba a reconocer su existencia.”

Curiosamente el discurso antes citado es el que permite a la narración de Polidori crear un efecto especial en el lector, quien puede desconcertarse por la muerte de Ianthe supuestamente a manos del vampiro un par de escenas después, y preguntarse por qué Aubrey nunca buscó venganza.

Daño y engaño son los motivos del vampiro ochocentista. El mal es una necesidad; y su ciclo de vida y muerte un artilugio, para escapar del capricho del hombre. Éste es quien ha padecer la incansable persecución del reviniente: los muertos no descansan en paz. El premio de los muertos vivos es continuar hostigando a quienes no han perdido el alma. Y tan innoble como un pecado es ser sangre para el vampiro.

La historia que hubiera podido trabajar Polidori, debió ser la del amor de Aubrey por Ianthe. Ahí se refleja, en verdad, la maldad del vampiro y su sed de venganza. Por otra parte, desde la historia de Algol, el gohul, no se había registrado en más de cien años una narración donde el protagonista fuera el vampiro.

Mas vale dejar claro que tanto en poesía como en narrativa, las primeras apariciones de los vampiros fueron a su favor, y que no hubo en mucho tiempo quien, de la contraparte humana reclamara una victoria.

A continuación incluyo el texto de Byron, El entierro, tal como apareciera en el volumen de Historias extraordinarias (pp. 133-141), que publicara la Dirección de Literatura de la UNAM en 1992, con mínimas correcciones.


Nota biobibliográfica acerca de Lord Byron

George Gordon, Lord Byron(1788-1824), nació en Londres en 1788. Dedicó su vida a la literatura, a intensos amoríos y a la política. Entre sus obras destacan Manfredo, Don Juan, Childe's Harold Pilgrimage, English Bards and Scotch Reviewers, y El prisionero de Corinto. Fue un constante viajero. Colaboró activamente con los revolucionarios italianos y con los insurgentes griegos. Murió de peste en Missolonghi, Grecia, en 1824.

El vampiro del doctor John William Polidori, secretario de Byron, narra la historia de un hombre perverso, Lord Ruthven, que vuelve a la vida, tras la muerte, para desposar a la hermana de Aubrey —único testigo de su verdadera naturaleza—, que debe guardar silencio a causa de un juramento.

El entierro (The Burial) es una texto inconcluso; sin embargo, su desarrollo permite encontrar un estrecho paralelismo con el relato de Polidori en ambientación y circunstancias. Ambas historias tienen un origen común en el encuentro del lago de Ginebra, en 1816, donde coincidieron, además de Byron y su secretario, Percy y Mary W. Shelley en la Casa de Campagne Chapuis, durante dos semanas.


El entierro (The Burial)

En el año de 17..., después de haber meditado por algún tiempo sobre la posibilidad de viajar por países que hasta ahora los viajeros no frecuentan mucho, partí en compañía de un amigo, a quien me referiré como August Darvell.

Era unos años mayor que yo, un hombre de fortuna considerable y familia de prosapia. Ventajas que él ni devaluaba ni sobreestimaba gracias a su gran capacidad. Algunas circunstancias singulares en su historia personal lo habían convertido para mí en objeto de atención, interés y hasta de estimación, que no disminuían ni sus modales reservados ni las ocasionales muestras de angustia que a veces le acercaban a la enajenación mental.

Yo era todavía un joven y había empezado a vivir temprano; pero mi intimidad con él era reciente: asistimos a las mismas escuelas y universidad; mas su paso por ellas me había precedido, y él ya se había iniciado a fondo en lo que se ha llamado el mundo, mientras yo estaba todavía en el noviciado. Durante ese tiempo, escuché detalles en abundancia tanto de su vida pasada como de la presente y, aunque en estas narraciones había muchas e irreconciliables contradicciones, podía yo inferir que él no era un ser común, sino alguien que, aun cuando se esforzara por no ser conspicuo, seguía siendo notable.

Había trabado conocimiento con él e intenté conquistar posteriormente su amistad, pero parecía que ésta era inalcanzable; los afectos que pudiera haber sentido aparentaban para entonces o haberse extinto o concentrarse en él. Tuve suficientes oportunidades para observar que sus sentimientos eran intensos; pues aún cuando los podía controlar, le era imposible encubrirlos por completo; sin embargo, tenía la facultad de dar a una pasión la apariencia de otra, de modo que resultaba difícil definir la naturaleza de lo que sucedía en su interior; y las expresiones de su rostro podían variar con tal rapidez, aunque ligeramente, por lo que resultaba inútil tratar de escudriñar su origen.

Era manifiesto cómo lo dominaba una angustia incurable; pero nunca pude descubrir si era a causa de la ambición, el amor, el remordimiento o la pena, de uno solo o de todos estos, o sencillamente por un temperamento mórbido, semejante a una enfermedad. Existían circunstancias supuestas que habrían podido justificar su atribución a cualquiera de estas causas; pero como antes dije, éstas eran tan contrarias y contradictorias que ninguna podía considerarse definitiva.

Se supone generalmente que donde hay misterio existe también la perversidad: no sé cómo pueda ser esto, pero es un hecho que en él existía el primero aunque no podría atestiguar los alcances de la segunda —y estaba poco dispuesto, en lo que a él se refería, a creer en su existencia. Recibía mi proximidad con bastante reserva; mas yo era joven y difícil para el desaliento; y, con el tiempo, tuve éxito al entablar, hasta cierto punto, ese vínculo común y esa confianza moderada de los intereses mutuos y cotidianos que crean y cimentan la comunión de empeños, y la frecuencia de encuentros que se llama intimidad o amistad según las ideas de quienes utilizan esas palabras para su expresión.

Darvell había viajado ampliamente; me dirigí a él para que me aconsejara respecto al viaje que pretendía realizar. Era mi deseo secreto que se dejara persuadir para acompañarme; además, era una perspectiva improbable; basada en la vaga inquietud que había observado en él y a la cual daban renovada fuerza el entusiasmo que parecía sentir hacia tales temas y su aparente indiferencia por todo lo que lo rodeaba muy de cerca.

Al principio insinué mi deseo y después lo expresé abiertamente: su respuesta, aun cuando yo la esperaba en alguna medida, me dio todo el placer de una sorpresa: aceptó; y, al término de los preparativos necesarios, comenzamos nuestra travesía.

Después de viajar por varios países del sur de Europa, volvimos la atención hacia el Este, de acuerdo con nuestro destino original; y fue en nuestro recorrido a través de estas regiones que ocurrió el incidente que da ocasión a mi relato.

La complexión de Darvell, que, dada su apariencia, debía haber sido en su juventud más robusta de lo normal, estaba decayendo gradualmente desde algún tiempo atrás, sin que mediara ninguna enfermedad manifiesta: no tenía tos ni tisis; sin embargo, cada día se debilitaba más; sus hábitos eran moderados, no admitía ni se quejaba de fatiga; no obstante, era evidente que se estaba consumiendo: se volvía cada vez más y más silencioso e insomne y, por fin, se alteró de tan notable manera que mi preocupación aumentó de manera proporcional al peligro que yo consideré le amenazaba.

A nuestra llegada a Esmirna, nos habíamos propuesto ir a una excursión a las ruinas de Éfeso y Sardis, de la cual intenté disuadirlo debido a su indisposición —pero en vano: parecía existir una opresión en su mente, y una solemnidad en sus modales que no correspondían con su ansiedad para seguir con lo que yo consideraba un simple viaje de placer, totalmente inadecuado para una persona delicada; pero no me opuse más, y unos días después partimos en compañía únicamente de un guía y un cargador.

Habíamos recorrido la mitad del camino hacia los vestigios de Éfeso, dejando atrás los contornos mas fértiles de Esmirna y nos adentrábamos en esa región inhóspita y deshabitada a través de los pantanos y desfiladeros que llevan a las pocas chozas que aún subsisten sobre las destrozadas columnas de Diana —las paredes sin techo de la cristiandad expulsada y la aún más reciente pero total desolación de las mezquitas abandonadas— cuando la súbita y vertiginosa enfermedad de mi compañero nos obligó a detenernos en un cementerio turco, cuyas lápidas coronadas de turbantes eran el solo indicio de que la vida humana había morado alguna vez en ese yermo. La única caravana que vimos había quedado unas horas atrás; no se podía ver ni esperar vestigio alguno de pueblo o cabaña siquiera, y esta "ciudad de los muertos" parecía ser el único refugio para mi desafortunado amigo, quien se veía próximo a convertirse en su siguiente morador.

En esta situación, busqué por los alrededores un lugar en el que pudiera reposar con más comodidad: al contrario del aspecto usual de los cementerios mahometanos, los cipreses de éste eran escasos, esparcidos sobre toda la superficie; la mayoría de las tumbas estaban derruidas y desgastadas por los años: sobre una de las más grandes y bajo de uno de los árboles más frondosos, Darvell se apoyó, inclinándose con gran dificultad. Pidió agua. Yo dudaba que pudiéramos encontrarla, aunque me dispuse ir a buscarla a pesar de mi desaliento: pero él deseaba que yo permaneciera con él; y volviéndose hacia Suleiman, nuestro cargador, que fumaba con gran tranquilidad, le dijo:

—Suleimán, verbena su— ( o sea, trae un poco de agua) y continuó describiéndole con gran detalle el punto donde podría encontrarla. Era un pequeño pozo para camellos, algunos cientos de yardas a la derecha. El jenízaro obedeció.

Dije a Darvell:

—¿Cómo supo esto?

—Por nuestra posición— repuso —usted debe notar que el lugar estuvo habitado alguna vez y no podría haberlo estado sin manantiales. Además, ya he estado aquí antes.

—¡Usted ya ha estado aquí! ¿Como nunca me lo mencionó? Y ¿qué hacía usted en lugar semejante donde nadie puede permanecer un momento más sin pedir ayuda?

A esta pregunta no recibí respuesta alguna. Mientras tanto, Suleimán regresó con el agua y dejó al guía y a los caballos en la fuente. Parecía que al mitigar su sed Darvell revivió por un momento; y albergué la esperanza de que pudiese continuar, o por lo menos regresar, y lo exhorté a intentarlo.

Él guardó silencio. Parecía poner orden en sus pensamientos antes de esforzarse al hablar.

—Éste es el fin de mi jornada —comenzó— y de mi vida; vine hasta aquí para morir; pero tengo una súplica que hacer: una orden que dar, pues tales deben ser mis últimas palabras. ¿La cumplirá?

—Desde luego; pero tengo mejores intenciones.

—Yo no tengo esperanzas, ni deseos, sino éste: oculte mi muerte a todo ser humano.

—Espero que no se presente la ocasión; usted se recuperará y...

—¡Silencio!, así debe ser: prométalo.

—Sí.

—Júrelo por lo más— aquí pronunció un juramento de gran solemnidad.

—No hay razón para ello, yo cumpliré con su petición; y dudar de mi es...

—No puedo evitarlo, debe usted jurar.

Pronuncié el juramento y eso pareció aliviarlo. Se quitó del dedo un anillo de sello, que tenía grabados algunos caracteres arábigos, y me lo dio.

—En el noveno día del mes — continuó—, precisamente al mediodía (el mes que usted guste, pero el día debe ser ése) usted deberá arrojar este anillo a la fuentes de agua salada que alimentan la bahía de Eleusis. Al día siguiente, a la misma hora, deberá dirigirse a las ruinas del templo de Ceres y esperar una hora...

—¿Para qué?

—Ya lo verá

—¿Dice usted que el noveno día del mes?

—El noveno.

Cuando hice la observación de que el presente era el noveno día del mes, su semblante cambió e hizo pausa. Mientras estaba sentado, debilitándose visiblemente, una cigüeña con una serpiente en el pico se posó sobre una tumba cercana a nosotros; y, sin devorar su presa, daba la impresión de observarnos fijamente. No sé lo que me impulsó a espantarla, pero el intento fue inútil; hizo algunos círculos en el aire y regresó exactamente al mismo lugar. Darvell la señaló y sonrió. Habló —no sé si para sí mismo o para mí— pero las palabras sólo fueron:

—Está bien.

—¿Qué es lo que está bien? ¿Qué quiere decir?

—No importa; usted deberá enterrarme aquí esta noche, y en el punto exacto en que está parada esa ave. Ya conoce usted el resto de mis mandatos.

Entonces procedió a darme algunas instrucciones sobre cómo podría ocultar mejor su muerte. Cuando terminó, dijo:

—¿Ve usted esa ave?

—Desde luego.

—¿Y la serpiente que se retuerce en su pico?

—Sin duda: no hay nada raro en ello; es su presa natural. Pero resulta extraño que no la devore.

Se rió de una manera espectral y dijo lánguidamente:

—Todavía no es el momento.

Mientras hablaba, la cigüeña emprendió el vuelo. La seguí con los ojos un instante: no pude haber tardado más que en contar diez. Sentí aumentar el peso de Darvell, por poco que fuese, sobre mi hombro y, al volver a verlo a la cara, vi que había muerto.

Me impresionó la repentina certeza inconfundible: en pocos minutos su semblante se tornó casi negro. Hubiera podido atribuir ese cambio tan rápido a la acción de algún veneno, si no hubiera estado consciente de que no tuvo oportunidad alguna de tomarlo sin que yo me diera cuenta. El día se acercaba a su final, el cuerpo se descomponía con rapidez. No quedaba nada más que cumplir su petición. Con ayuda del yatagán de Suleimán y de mi propio sable, excavamos una tumba poco profunda en el sitio que Darvell había indicado: la tierra cedió con facilidad: tiempo atrás había recibido un ocupante mahometano.

Cavamos lo más profundo que el tiempo permitió y, arrojando la tierra seca sobre todo lo que quedaba del ser tan singular que acababa de partir, cortamos algunos bloques del césped más verde que crecía en la tierra menos desgastada que nos rodeaba y lo pusimos sobre su sepulcro.

Entre el asombro y la pena, no podía derramar una lágrima.

(Traducción de Luz María Vargas Escobedo. Revisión de Bernardo Ruiz)



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Revisión más reciente: martes 9 de junio de 1998