Dudley Wright comenta en The Book of Vampires, en el capítulo III, dedicado a Babilonia, Asiria y Grecia, que:
"Algunos griegos creen que el espectro que aparece no es realmente el alma del muerto, sino un espíritu perverso que se introduce en el cuerpo después que el alma de su dueño se ha desvanecido."
Anthony Masters, a su vez, nos recuerda a Robert Southey, poeta inglés de finales del XVIII, de quien se afirma investigó ampliamente acerca del tema de los vampiros. Sea por Calmet o por alguna otra fuente, Southey se refiere en las notas para su poema Thalaba a Arnold Paul y los vampiros de Grudisch.
Llama la atención el tratamiento de Southey para la hermosa Oneiza en el fragmento que cita Masters de Thalaba:
Importa, para la literatura, esa visión de Southey donde percibe que "su perverso inquilino la abandonó", seguido de "y adornada con gloria .../ se elevó el espíritu de Oneiza". El poeta vislumbra un alma aprisionada por un demonio. Así comprendemos la maldad esencial del vampiro, que no sólo atormenta a los vivos, sino también al dueño original del cuerpo al que ha poseído.
De alguna manera, numerosas descripciones de vampiros coinciden en afirmar que al ser atravesados y/o degollados, los cuerpos de los revinientes alcanzan una expresión de paz. Aunque versiones encontradas afirman, más bien, que los muertos-vivos al ser decapitados, atravesados por la estaca o incinerados alcanzan la verdadera muerte dando inmensos gritos, amenazando o insultando, como si se tratara de personas auténticamente vivas.
¿Debía haber un camino único para el vampiro? ¿O sus formas de ser y alcanzar el final reposo bien pueden alcanzar variables tan numerosas como los destinos humanos?
Para Dudley Wright esto es insoslayable: registra vampiros que buscan venganza, como el caso narrado por Mmme. Blavatsky en su Isis sin velo donde se consigna que un gobernador en una provincia rusa casó con él, a la fuerza, a una joven a la que da una vida miserable. Igualmente, la cela con horror y le prohíbe toda frivolidad. Al morir, el gobernador amenaza a la mujer con vengarse si ella llega a traicionar su relación. Evidentemente ella busca casarse con su verdadero amor. Mas el gobernador, convertido en un reviniente, le inflige numerosos castigos por las noches. Finalmente, con la intervención del Arzobispo y un eficaz exorcismo, que incluyó el recurso de la estaca en el corazón, el reviniente dejó en paz a su viuda.
Alrededor del siglo XII —vuelvo a citar a Dudley Wright—, William de Newbury relataba que un hombre muerto del condado de Buckingham asustó durante diversas noches consecutivas a su familia. Pidieron permiso para quemar el cuerpo; la Iglesia dudó: y fue suficiente nada más una absolución por escrito del Obispo de Lincoln, que se depositó con el cuerpo, para que éste descansara en paz.
Quizá éste sea el mayor defecto de The Book of Vampires, que confunda apariciones o espectros, y aun visiones de personas atormentadas tal vez por una causa psíquica, con casos de vampirismo.
Relaciones fantásticas, que parecieran extraídas de las historias de Ian Potocki y su Manuscrito encontrado en Zaragoza o sus secuelas, muestran todo tipo de revinientes, más como una muestra de la imaginería o charlatanería populares que como una investigación formal.
Si partimos del concepto estructurado por Goethe en el que el huésped de Corinto cohabitó con la vampira y ésta ha jurado que sólo en la tumba recuperará su prometido su joven aspecto, comprenderemos con facilidad que diversas historias mantengan este patrón con variantes mínimas. Pero Wright consideró —desconocemos sus razones— que bastaba estar muerto y regresar al mundo para ser llamado vampiro. Así, por ejemplo, da por buenos diversos casos donde una relación sexual con un muerto-vivo tiene efecto, aunque sin consecuencias funestas para nadie. Lo cual no concuerda con el sentido del poema de Goethe: es tan importante para el vampiro la posesión, como la sangre, como la carne, como el daño.
Así, Wright es frívolo al citar narraciones como la de Guillermo de París, quien relataba que un soldado tras haber dormido con una bella mujer encontró a la mañana siguiente que no era tal, sino un pestilente cadáver.
Esta historia, tras demostrar que no fue una mera relación necrófila de un apasionado mílite, debería situarse, más bien, entre los casos de manifestaciones de súcubos, cuyo caracter los inclina a este tipo de acciones.
De manera análoga, como se apuntó con anterioridadad, hay diversas formas de impedir a un reviniente su regreso. Se cita con frecuencia en la literatura la estaca en el corazón; sin embargo, hay varios ejemplos que prueban la ineficacia de este procedimiento y más de un par de historias en que el vampiro afectado usa el madero como arma contra sus oponentes. Por ello conviene destacar que el más autorizado de los medios es la incineración tras degollarlo y la estacada en el corazón.
Contrastan, asimismo, las causas por las que alguna persona puede convertirse en vampiro. Evidentemente, la principal es el contacto directo con uno de ellos. Sin embargo, la generación espontánea parece ser un modus operandi legítimo para numerosos autores, siempre y cuando el reviniente novicio haya tenido una actitud violenta, antisocial o perversa en su comunidad.
Los asesinos y los suicidas tienen, a causa de su pasado, una notable propensión a convertirse en vampiros; y no es extraño que quien tuvo contacto con creencias de satanismo y brujería pudiera convertirse en reviniente.
Por maldición y por muerte violenta, afirman algunos autores, puede darse el fenómeno, aunque esta ocurrencia no es muy significativa para la estadística.
Por último, conviene saberlo, casi nadie puede distinguir a un reviniente de un hombre o mujer vivos. Debe buscarse el cadáver. Las costumbres nocturnas, el brillo de los ojos, la anorexia o el mínimo apetito pudieran ser ciertas señales, pero no definitivos signos.
Por
ello, para los fines de este estudio, la verdadera semiótica del
vampiro se encuentra en la serie de textos que estudiaremos en los subsecuentes
capítulos.