III.3.1 ANTES DE DRÁCULA :

LA SANGRE, LA CARNE, EL CUERPO Y EL DAÑO

El alba de la vampira en la prosa occidental

Vampirismo
E.  T. A. Hoffmann
(circa 1820)

 
 

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (Königsberg, 1776- 1822) , también conocido como E. T. A. Hoffmann, es una de las grandes personalidades del arte, no sólo por su presencia en la Literatura de su época, el incipiente siglo XIX,  sino por su actividad en la pintura y en la música, donde se distinguió  como compositor incidental para obras de teatro y para la ópera Ondina, además de diversas piezas de música religiosa. Hijo de un abogado, Hoffmann también estudió leyes en la Universidad de su ciudad natal antes de dedicarse a la labor artística. Dirigió tanto orquesta como teatro, fue un severo catedrático y un desaforado bohemio. A su vida desenfrenada se atribuyen las causas de su muerte. Entre sus grandes obsesiones creativas estuvo dirimir la tenue frontera y la zona donde vigilia y sueño, lo real y lo fantástico, se funden y/o distinguen.

 La influencia de Hoffmann en la literatura es definitiva por su capacidad para impresionar a los autores románticos alemanes y franceses —entre otros Baudelaire, Nerval, Gautier y, posteriormente, Thomas Mann. Es indudable que sus visiones son un antecedente de los horrores narrados por Edgar A. Poe y Gustav Meyrink. Sus cuentos sirvieron al compositor Jacques Offenbach para una ópera, y su narración Coppélia fue motivo de inspiración para el ballet homónimo compuesto por Leo Delibes en 1870.

La mayoría de sus historias cortas se compendian en los Phantasiestücke in Callots Manier (Piezas fantásticas a la manera de Callot, 2 vol., 1814-15) o Cuentos fantásticos.  Entre sus novelas, destaca Los elíxires del diablo (1815-1816), que posee una innegable afinidad con El monje de Mathew C. Lewis. Los elíxires del diablo aborda con agilidad y fuerza tanto el problema de la santidad, como en algún momento lo hiciera Tirso de Molina en El condenado por desconfiado, como el asunto del doble en la historia de fray Medardo, uno de los grandes protagonistas de la literatura de horror decimonónica. Asimismo, Las aventuras del gato Mürr, El caballero Glück, Los hermanos Serapión y La princesa Brambilla son algunas de sus obras notables

 El siglo XX ha reconocido en Hoffmann uno de los grandes autores para enriquecer la literatura psicoanalítica, en particular por su historia El hombre de arena, que ha sido objeto de notorios estudios por diversos especialistas.

 Respecto al tema del vampiro, la erudición de Hoffmann es principalmente alemana y euroriental. Su relato Vampirismus, un texto de diez o doce páginas, es su mayor herencia para el tema. No existen muchas ediciones completas de Hoffmann en español, aunque abundan las breves antologías de sus cuentos en grandes editoriales. El presente comentario se deriva de "Vampirismo" (pp. 106 a 113), la traducción castellana de Carmen Bravo Villasante para El magnetizador y otros cuentos, volumen IV de la Biblioteca de Terror de la Editorial Forum, Barcelona,1983.

 Vampirismo, ciertamente, introduce en la literatura sobre el tema elementos inéditos para su época en un relato donde se registra a la primera vampira en prosa: la Condesa Aurelia. Asimismo, se destaca un título notorio de la nobleza que encontraremos afín al hecho de padecer vampirismo, como ocurre posteriormente en Carmilla, la condesa Karnstein de Sheridan Le Fanu, o en la estirpe de Drácula.

 El vampirismo que registra Hoffmann, tiene estrecha relación con algunas de las creencias acerca de revinientes entre los orientales, como registra Dudley Wright en su ya multicitado opúsculo The Book of Vampires (Cf. "Vampirism among the Orientals" Ch. IX, pp.131 y ss.), donde comenta la historia de Abdul Hassan, quien a los tres meses de estar casado con Nazilla, descubre que la mujer se ausenta del lecho cada noche para ir a cebarse de cadáveres con otros ghoules —lo cual no extrañará a quien conozca la historia de Algol, de Las mil noches y una noche— para regresar al amanecer a la cámara nupcial. Cuando Hassan reclama esa tarde durante la comida tal actitud por el rechazo que Nazilla hace a la carne, ella no dice nada; pero esa noche ella le corta una vena del pecho y está a punto de beber su sangre. Abdul Hassan logra apuñalarla y, aparentemente, matarla. Tras su entierro, Nazilla regresa para estrangularlo, y en tres sucesivas noches, ante la inutilidad de la daga, angustiado por las desesperadas fugas a las que debe su salvación, Abdul Hassan decide abrir la tumba de su mujer, a quien encuentra incorrupta.

 Decide reclamar a suegro la clase de mujer que le ha cedido. El viejo cuenta la disipada vida de su hija en un matrimonio con un oficial del Califa, quien también la mató para librarse de ella. Sin embargo, Nazilla volvió a la casa paterna, donde Hassan la pidió por mujer. Al descubrir esto, la desentierran, queman su cuerpo y lanzan al Tigris sus cenizas.

 Esta historia que supuestamente se remonta al siglo XV, es núcleo del relato de Hoffmann, donde unos amigos reunidos discuten sobre vampirismo. Cipriano le contará a Vincenzo esta leyenda "que hace tiempo leí o escuché", le explica, aunque la da por cierta. Asistimos a una historia dentro de otra historia.

 A su vez, Vincenzo comenta que él no es hombre versado en el tema, ya que ni siquiera ha leído la historia de Byron acerca de Ruthven.

 Importa señalar que Hoffmann resumirá en esta obra su conocimiento acerca de vampiros, aunque el fin de la historia, su desenlace, parecerá precipitado a cualquier lector moderno.

 Vampirismo se ocupa de presentar como el mejor partido para cualquier mujer al Conde Hipólito, que al estilo de los personajes de Las afinidades electivas de Goethe, gusta transformar en bellas obras sus posesiones; de modo que tras viajar durante su juventud llega a transformar la arquitectura de su palacio y su entorno, incluyendo en sus alrededores la iglesia, el cementerio y la parroquia como marco para un gran parque.

 Una Baronesa vieja, que fuera enemiga de su padre, se presenta ante él para tratar de disculpar la enemistad que hubo entre su predecesor y ella. El disgusto de Hipólito es grande, pero a la vista de Aurelia, la bella joven que acompaña a la vieja —que es una lejana pariente suya—, se siente inclinado al perdón. Esta impresión es seguida de una experiencia estremecedora, cuando para acompañar su soledad decidió invitarlas a quedarse con él y "para confirmar estas palabras tomó la mano de la Baronesa, pero la respiración y el habla se le entrecortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la  Baronesa —que le contemplaba con ojos sin visión— estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver."

 Casi de inmediato, esta sensación es reemplazada por el contacto de Aurelia, que logra despertar en él la pasión y el amor. Se resuelve Hipólito al poco tiempo a solicitar la mano de la bella joven  y a olvidar toda precaución paterna, pese a la extraña costumbre de la anciana de pasear por el parque durante la noche, con dirección al cementerio.

 Hecho curioso, el mismo día de la boda, la Baronesa muere; pero más que preocupada por guardar luto y aplazar la boda, la joven Aurelia, presa de un miedo mortal, suplica a Hipólito la despose ese mismo día, apenas concluidas las exequias, "como si quisiera asegurarse bien que de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición."

 Con el tiempo, estos temores de alguna manera parecen desvanecerse; sin embargo, el Conde percibe que la condesa Aurelia tiene un gran odio por su madre. Interrogada, ella cuenta una serie de escenas terribles de su infancia y su juventud, donde la vieja se mostraba inclinada a sacrificarla y aún a prostituirla incluso con algún pretendiente plebeyo a cambio de unas cuantas prebendas.

 Aunque disipados, los temores no han desaparecido del todo. Aurelia posse sombríos presentimientos, y "un miedo espantoso a que los muertos saliesen de sus tumbas y la arrancasen de los brazos de su amado para precipitarla al abismo".

 Quién es la Baronesa se descubre a los ojos de su hija cuando al intentar fugarse ésta, Urian, hijo del verdugo, amante de la Baronesa y pretendiente de la joven se siente burlado y reclama a la vieja: "Espera, condenado Satanás, bruja endemoniada, que me las vas a pagar" y le propina una golpiza brutal que sólo la intervención de la patrulla de guardias detiene. Entonces, la vieja delata a Urian como un criminal marcado por el fuego del verdugo.

 Urian maldice a la madre y a la hija. La Baronesa descarga su coraje en una serie de mortificaciones y presiones psicológicas contra la joven, que parecíeron terminar durante la agradable estancia de ambas bajo la hospitalidad del Conde. No obstante, la Baronesa envidiaba la felicidad de su hija y la maldijo:

"Tú eres la causa de mi desgracia, ..., pero ya verás, toda tu soñada felicidad será destruida por el espíritu vengador, cuando me sobrecoja la muerte. En medio de las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás..."

 El lector comprende entonces que el matrimonio no puede ser feliz, que hay una maldición que pesa sobre la Condesa Aurelia, quien embarazada, comienza a poner distancia entre ella y su marido...

 Por la historia de Abdul Hassan sabemos de qué se trata. De modo que las rarezas atribuidas al estado de gravidez de Aurelia toman otro perfil cuando el narrador afirma que una noche, finalmente, Hipólito vió a la Condesa dirigirse a través del parque hacia el cementerio y "desapareció tras el muro".

 Como Nazilla, la esposa de Abdul Hassan, la condesa Aurelia actúa como un gohul. La maldición la ha transformado. "Te cebas en las tumbas, mujer diabólica", la recrimina al día siguiente, a la mesa, el Conde.

 "Apenas había proferido estas palabras, la Condesa, dando alaridos, se abalanzó sobre él con la furia de una hiena y le mordió el pecho. El Conde dio un empujón a la rabiosa mujer y la tiró al suelo, donde entregó su espíritu enmedio de las convulsiones más espantosas. El Conde enloqueció".
 
 

La ciudad natal de Hoffmann, Köenisberg, situada en la antigua Prusia, está próxima a la frontera con Rusia. El contacto entre las ciudades de ambos estados era intenso. Nó sólo en lo político, sino en lo comercial y en lo cultural. No extrañe por ello que, indistintamente, los vampiros de esta región reúnan todos los atributos que se le otorgan a los muertos-vivos, a los revinientes y a los brucolacas  y gohules.

 En su momento, será visto cómo un vampiro que registra Afanasiev posee costumbres semejantes a las de la Baronesa y a las de la Condesa: la atracción por los cementerios, el placer por devorar la carne.

 Llama la atención al lector moderno que a lo largo del siglo XIX, la mutación del reviniente en un animal o en niebla, carezca de importancia para la anécdota. Es en cambio relevante señalar que en contraste con el caso de Nazilla, Aurelia sea más bien una mujer virtuosa, y no una disipada. A la vez, Aurelia comparte con Oneiza, la vampira de Thalaba, el poema de Southey, la posesión por un maligno espíritu que causa el comportamiento vampírico.

 Es necesario también observar que  Hoffmann, en Vampirismo es de los pocos autores occidentales que hacen el puente entre el vampiro y la brujería a través de las relaciones satánicas de la Baronesa, tema que literariamente se había mantenido aparte en la poética del vampiro.

Así, Hoffman logra, en un relato de precipitada apariencia, un sustrato de todas las preocupaciones fantásticas populares que encumbran la literatura gótica y el romanticismo, como una reacción al orden establecido y al racionalismo filosófico; como la percepción del desmoronamiento de un mundo que no acaba de encajar en el nuevo: en el de la caída de las monarquías, en el del nacimiento de las repúblicas; en el de la imposición de voraces imperios: la geografía de las revoluciones en las Colonias y el surgimiento de una edad, la industrial, con sus desconcertantes maquinarias y sistemas.

 Difuminada la imagen del demonio, diluidas las cacerías de brujas, hombres como Goethe, Coleridge, Byron y Hoffmann, junto con  nombres de menor reconocimiento, rescatan para sus creaciones y para su tiempo una nueva imagen de las oscuras fuerzas que atormentan el espíritu de la humanidad: el vampiro,  junto con su secreta alianza entre el amor y la muerte: una eternidad fatal, que niega despojarse de dos altas pasiones: la seducción y el deseo.

 Tal es el orbe del vampiro, antes de Drácula.





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Revisión más reciente: martes 9 de junio de 1998