Tras una breve estancia en Iliria, donde fue bibliotecario, regresó a Francia para dedicarse al mismo oficio en París y a escribir narraciones terroríficas. Mucho lo impresionó la lectura de El vampiro de Polidori, obra para la cual buscó un nuevo desenlace. Asimismo, editó una antología de historias terroríficas y fantásticas tomadas de diversos autores, en la que no da crédito a ninguno de ellos; entre otros, esta publicación, Infernalia, incluyó a Calmet, a Lewis y a Dusnefroy. Aficionado al opio, fue ampliamente admirado por los jóvenes autores de la escuela romántica. Destaca entre sus obras : Smarra o los demonios de la noche (1821), y El hada de las migajas (1832), libros de cuentos.

La
promesa del ser vampiro, o la posibilidad de encarnarse en muerto-vivo,
se comparte, sin un protagonista específico, como una amenaza de
cumplimiento inminente. De este modo, la certeza de la perdición
fatal es una maldición explícita para quien tiene acceso
a estas breves palabras.
A través de la profunda tristeza que le viene de la percepción de su estado, a través del recuerdo y el presentimiento de su siniestra vida nocturna, se adivina un alma tierna, generosa, hospitalaria, que no pide más que amar. Ocurre que el sol tramonte, que la noche estampe una suerte de sello plúmbeo sobre los párpados del pobre vampiro, para que él comience de nuevo a escarbar con las uñas la fosa de un muerto o perturbe a la nodriza que vela junto a la cuna del recién nacido. Porque el vampiro no puede ser otra cosa que vampiro y los esfuerzos de la ciencia y los ritos eclesiásticos nada pueden contra su mal.
La
muerte no le cura, hasta en el ataúd conserva algún síntoma
de vida, y pues su conciencia se mece en la ilusión de que su crimen
es involuntario, no debe sorprender el hecho de habérselos encontrado
a menudo frescos y sonrientes en el catafalco. El sueño del
desventurado nunca estuvo desprovisto de pesadillas.
En la mayor parte de los casos, esta aberración se limita al intuito mental del infeliz que la experimenta. Cuando se realiza plenamente, ello se debe atribuir al concurso de otros factores, como las pesadillas y el sonambulismo. Entramos entonces en el campo de la ciencia médica, que hasta ahora no ha tenido en cuenta dos hechos importantes, que me parecen incontestables. El primero es que la percepción de un acto extraordinario no familiar a nuestra naturaleza se convierte fácilmente en sueño, el segundo, que la percepción repetida con frecuencia, y siempre en el mismo sueño, se convierte fácilmente en una acción proporcionada, realmente cumplida, sobre todo cuando se manifiesta en un ser débil e impresionable.

Se recurre al texto en español como fuente para este texto. Cf. Vampiros (pp. 74-75), versión de Marcos Fingerit. Editorial Sur, Buenos Aires, 1961. 390 pp.