III.5.2 LA BONDAD DEL VAMPIRO



Entre los acontecimientos que marcan la vida de Charles Nodier (Besanc¸on, 1780- París, 1844), está el baño de sangre que propició la Revolución Francesa. Él fue testigo de numerosas ejecuciones capitales, ya que su padre era el presidente del tribunal criminal de Besanc¸on. A los 18 años,  publicó un trabajo de interés científico, La disertación sobre el uso de las antenas en los insectos ; aunque al poco tiempo el interés por la creación artística —la lectura e imitación de Ossián y Goethe— lo condujo al ejercicio de las letras.

 Tras una breve estancia en Iliria, donde fue bibliotecario, regresó a Francia para dedicarse al mismo oficio en París y a escribir narraciones terroríficas. Mucho lo impresionó la lectura de El vampiro de Polidori, obra para la cual buscó un nuevo desenlace. Asimismo, editó una antología de historias terroríficas y fantásticas tomadas de diversos autores, en la que no da crédito a ninguno de ellos; entre otros, esta publicación, Infernalia, incluyó a Calmet, a Lewis y a Dusnefroy. Aficionado al opio, fue ampliamente admirado por los jóvenes autores de la escuela romántica. Destaca entre sus obras : Smarra o los demonios de la noche (1821), y El hada de las migajas (1832), libros de cuentos.

Sólo en La ciudad vampiro de Paul Féval y en Afanasiev se encontrará un tono semejante  al de Nodier en esta crónica, donde una matizada ironía —imperceptible para lectores poco atentos— transforma  la visión que se tiene del reviniente. Nodier sencillamente afirma que "el sueño del desventurado nunca estuvo desprovisto de pesadillas" para hacer una visión paradisiaca de los buenos hombres, los afables burgueses, que presienten un fin terrible cuyos motivos ocultan como la transformación que ha de ocurrir de todos sus actos, propiciando un terror oculto, por la impotencia que existe para frenar un desenlace funesto.

La promesa del ser vampiro, o la posibilidad de encarnarse en muerto-vivo, se comparte, sin un protagonista específico, como una amenaza de cumplimiento inminente. De este modo, la certeza de la perdición fatal es una maldición explícita para quien tiene acceso a estas breves palabras.
 


EL VAMPIRO BONDADOSO
Charles Nodier
(circa 1825)

He ido al país de los morlacos impulsado por un vivo deseo de conocer ese pueblo tan singular. No hay aldea morlaca donde no se pueda contar un buen número de vampiros y existen lugares donde hay al menos un vampiro por familia, como en cada familia de los valles alpinos el infaltable "santo" o "idiota".  Pero en el caso del morlaco vampiro, no se da la complicación de una enfermedad degradante, que altere el principio fundamental de la razón.  El vampiro es consciente y conocedor de todo lo horrendo de su situación, le disgusta y la detesta.  Busca de combatir su propensión de todas las maneras, recurre a los remedios propuestos por la medicina, a lass plegarias religiosas, a la autoextirpación de un músculo, a veces a la amputación de las piernas: en ciertos casos se decide hasta al suicidio.  Exige que después de su muerte, los hijos le perforen el corazón con una cuña y le claven al ataúd para hacer reposar en el sueño de la muerte su cadáver y libertarlo del instinto criminal. El vampiro es de ordinario un hombre bondadoso, a menudo ejemplo y guía en su tribu, a veces ejercita oficialmente la función de juez; a veces es poeta.

A través de la profunda tristeza que le viene de la percepción de su estado, a través del recuerdo y el presentimiento de su siniestra vida nocturna, se adivina un alma tierna, generosa, hospitalaria, que no pide más que amar.  Ocurre que el sol tramonte, que la noche estampe una suerte de sello plúmbeo sobre los párpados del pobre vampiro, para que él comience de nuevo a escarbar con las uñas la fosa de un muerto o perturbe a la nodriza que vela junto a la cuna del recién nacido.  Porque el vampiro no puede ser otra cosa que vampiro y los esfuerzos de la ciencia y los ritos eclesiásticos nada pueden contra su mal.

La muerte no le cura, hasta en el ataúd conserva algún síntoma de vida, y pues su conciencia se mece en la ilusión de que su crimen es involuntario, no debe sorprender el hecho de habérselos encontrado a menudo frescos y sonrientes en el catafalco.  El sueño del desventurado nunca estuvo desprovisto de pesadillas.
 

En la mayor parte de los casos, esta aberración se limita al intuito mental del infeliz que la experimenta. Cuando se realiza plenamente, ello se debe atribuir al concurso de otros factores, como las pesadillas y el sonambulismo.  Entramos entonces en el campo de la ciencia médica, que hasta ahora no ha tenido en cuenta dos hechos importantes, que me parecen  incontestables. El primero es que la percepción de un acto extraordinario no familiar a nuestra naturaleza se convierte fácilmente en sueño, el segundo, que la percepción repetida con frecuencia, y siempre en el mismo sueño, se convierte fácilmente en una acción proporcionada, realmente cumplida, sobre todo cuando se manifiesta en un ser débil e impresionable.



Se recurre al texto en español como fuente para este texto. Cf. Vampiros (pp. 74-75), versión de Marcos Fingerit. Editorial Sur, Buenos Aires, 1961. 390 pp.



Copyright © 1997, 1998, Bernardo Ruiz
Revisión más reciente: martes 9 de junio de 1998