Alexandre Dumas
La hermosa vampirizada. Una historia gnóstica  
 
 

Alexandre Dumas, padre, (Villers-Cotterêts 1802 - Puys, 1870), escribió alrededor de 300 obras, muchas de ellas auxiliado por numerosos colaboradores. Fue el más popular de los escritores románticos franceses. Destacó tanto en teatro (Henri III et sa Cour, Antony, la Tour de Nesle, Kean) como en la narrativa (Los tres mosqueteros, Veinte años después, El Vizconde de Bragelonne, Los hermanos corsos, El Conde de Monte-Cristo, La reina Margot, y otras muchas). Entre ellas, se encuentra la historia de La hermosa vampirizada que merece, por su estilo y desarrollo,  considerarse como una exacta pieza de joyería. En ella, el autor antepone al racionalismo crítico de la época principios metafísicos como primer encuadre de su narración : "se reconoce el principio amigo y el principio enemigo... A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten".  

 Una noble dama, Edvige, expulsada de Polonia por reyertas políticas, debe refugiarse en los Cárpatos rumanos, y asilarse en el monsterio de Sabastru. Ya en las montañas es asaltada por una banda moldava, queda a resguardo del joven señor de la región, Gregoriska. Éste, su hermanastro —Kostaki, que comanda a los bandoleros de la zona—y su madre, la princesa Smeranda, dueños de la región, libran una sorda lucha centrada alrededor de Edvige.

 Es Smeranda quien puede resumir con precisión la circunstancia que se vive en el castillo: "—Gregoriska, ..., bien sé que tú eres un Waivady por parte de tu padre, y él [Kostaki] un Koproli por parte del suyo, pero por parte de vuestra madre sois ambos de la sangre de los Brankovan. Sé que tú eres un hombre de ciudad occidental y él un hijo de las montañas orientales; pero por el seno que os llevó a ambos, sois hermanos."

 Fruto de su segunda unión, la princesa Brankovan prefiere a Kostaki, fruto de la pasión, sobre Gregoriska. Por eso ella pretende que Edvige acepte los requerimientos amorosos de Kostaki, aunque por tradición sea Gregoriska quien debe gobernar el principado. Sin embargo, ajena a su influencia la bella Edvige y Gregoriska se descubren su amor y se expresan su deseo de matrimonio.

 Ella prefiere la dulzura del mayor a la brutalidad de Kostaki, quien es visto por ella como un cruel salvaje. No obstante, evitará todo enfrentamiento con la castellana y buscará cumplir de manera cabal con la hospitalidad y protección que se le ha ofrecido.

 El desenlace de la historia se precipita el mismo día de su boda, y víspera de su partida: Gregoriska la ha convencido de la conveniencia de huir al extranjero y abandonar todo para —lejos de toda rivalidad—, ser felices.

El anverso de la historia de Caín y Abel se cumplirá ante los ojos de Edvige: ella atestigua cómo Kostaki, sospechando alguna estrategia de su hermano, intentará emboscarlo en los alrededores del castillo. Quien regresa esa noche a la cena es Gregoriska. La reunión es interrumpida por el mayordomo quien pone al tanto de los acontecimientos a Smeranda. Ha vuelto sin jinete al castillo el caballo ensangrentado de Kostaki.

 "¡Oh!", murmuró Smeranda levantándose pálida y amenazadora; "de tal modo volvió una noche al castillo el caballo de su padre". Tal afirmación entraña un destino que el resto de la narración manifiesta a través de una serie de prodigios.

 Cuando se encuentra el cuerpo, por ejemplo, Smeranda obliga a Gregoriska a jurar la muerte y venganza del asesino. Y, explica Edvige : "Ante aquel singular juramento, cuyo verdadero sentido yo sola y el muerto quizá podíamos comprender, vi o creí ver cumplirse un horrendo prodigio. Los ojos del cadáver se abrieron, se fijaron sobre mi más vivos cual nunca los viera, y, como si aquella mirada hubiera sido palpable, sentí penetrarme hasta el corazón un hierro candente."

A los tres días, el muerto es enterrado solemnemente en el monasterio vecino de Hango, no sin que momentos antes Smeranda le haya dicho a Edvige que Kostaki la ama. No pasa otra noche cuando Kostaki comienza una serie de visitas secretas a Edvige:

 "Sonaron las nueve menos cuarto. Entonces se apoderó de mí una extraña sensación. Me corría por todo el cuerpo un terror, un estremecimiento que me helaba; luego una especie de sueño invencible entorpecía mis sentidos, oprimíame el pecho, y me velaba los ojos. Tendí el brazo y fui a caer de espaldas sobre el lecho. Sin embargo no había perdido totalmente los sentidos como para que no pudiera oír como unos pasos acercándose a mi puerta, después me pareció que se abría, en seguida no vi ni escuché nada ya. Sólo sentí un vivo dolor en el cuello. Luego, caí en profundo letargo."

 La única huella que encuentra Edvige de estas visitas es su extrema debilidad, además de una típica señal de picaduras en el cuello.

 Gregoriska, finalmente, vuelve a ver a su amada y la encuentra en deplorable estado. A su vez, él está desesperado. Ha optado por retirarse a vivir al monasterio. Ella acepta la circunstancia sin reclamo, ya que presiente —le explica a su prometido— su inminente muerte.  Ninguno de los dos se atreve al principio a mencionar la causa de la enfermedad. Finalmente Edvige cuenta como atestiguó acerca de los vampiros de Arnold Paul o un hecho semejante de los citados por Calmet:

 "...en Polonia vi algunas personas padecer el horrendo hecho... Sí, niña aún, me sucedió ver desenterrar en el cementerio de una aldea perteneciente a mi padre cuarenta personas muertas en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar con la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los signos de vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran estado vivos; los otros eran sus víctimas... Se les clavó un palo en el corazón, y luego los quemaron."

 De este modo, la historia puede situarse alrededor de la época del propio Calmet, en 1740-1750, de manera que posea la mayor verosimilitud posible. Aunque debió ser escrita posiblemente en 1850. Dumas busca dar un nuevo matiz a la circunstancia a través de la una salida inédita: "Para libraros de vuestro fantasma antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo conoceré. Sí, y si es preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera fuere."

 Aunque no es del todo original este recurso, el infatigable Varney, el vampiro jamás puso objeción a enfrentamientos de esta naturaleza. La diferencia en esta historia es que Edvige y Gregoriska son la manifestación de una lucha entre principios con un mismo origen, pero con destinos en apariencia opuestos, un enfrentamiento de modos de ser ante la opción por una vida que contempla con benevolencia las maneras de occidente.

 Es misma noche, decide Gregoriska, llevarán a cabo su matrimonio. De esa manera él será un más adecuado escudo para Edvige. Cumplidos los preparativos, un monje casa a la pareja en la capilla del castillo. Su discurso es revelador:

"Idos ahora, hijos míos, y el Señor os dé fuerza y valor para luchar contra el enemigo del humano género. Armados de vuestra inocencia y defendidos por Su justicia, venceréis al demonio. Id, y benditos seáis".

Nuevamente en el discurso se manifiesta esa identidad del vampiro con el demonio. El hombre que lucha contra el enemigo de Dios y de la salud de alma de los seres humanos. Estos deben vencer al ángel caído, reencarnado en la presencia del reviniente. Cada vez con mayor claridad se nos manifiesta que el noble, como en su momento lo fue en la literatura de caballerías el caballero, es una representación de Cristo, como el ideal artúrico, que debe luchar contra el endriago o dragón, para representar la lucha de los extremos, en un refinado maniqueísmo donde el Bien, eternamente, enfrenta al Mal. Sin embargo, ésta sólo es una explicación parcial, de las posibles.

Gregoriska le da una rama bendita con la que puede defenderse Edvige maravillosamente de los acechos del enemigo, y aun "ordenar en el infierno" y ser obedecida. Ya en la cámara de la desposada se acerca la hora de la cita y, esta vez, la escena es perceptible: "vi a Kostaki, pálido como se me apareciera en las parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía como de costumbre, pero tenía descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo estaba muerto, todo era cadáver... carne, ropas, porte... solamente los ojos, aquellos terribles ojos, estaban vivos."

A diferencia de otros revinientes, Kostaki no tiene mayor vitalidad que la herida de donde mana sangre —¿la de él, la de ella, la de ambos?— y la movilidad y fulgor de los ojos. En su momento, Stoker y numerosos autores, basarán en esta mirada —como Preskett Plunkett o Malcom Rymer— mucha de la fuerza hipnótica del vampiro.

Enfrentadas las miradas de Kostaki y Edvige, (donde ella logra aun entender el rumano de Kostaki gracias a la rama), llega turno al enfrentamiento de los hermanos. Gregoriska aplica una implacable retórica a la brutalidad de su hermano: "¿Te he tendido yo una emboscada?" "No." "¿Te he asaltado yo?" "No." "Te he herido yo?" "No." "Te arrojaste tú mismo sobre mi espada y tú mismo corriste al encuentro de la muerte. Luego, ante Dios y los hombres no soy culpable yo del delito de fratricidio; luego no has recibido una misión divina sino infernal; luego has salido de tu tumba no como una sombra santa sino como un espectro maldito, y volverás a tu tumba." "¡Con ella, sí!", exclamó Kostaki haciendo un supremo esfuerzo para apoderarse de mí. "¡Volverás allá solo!", exclamó a su vez Gregoriska; "esta mujer me pertenece". Con este conflicto, los hermanos sellan su destino.

Tiene lugar una lucha, que en verdad se convierte en una procesión espectral hacia el camposanto del monasterio."Kostaki y Gregoriska atravesaron el terreno en línea recta, cuidándose poco de los obstáculos, que para ellos ya no existían; ante ellos el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles se apartaban, las rocas se abrían. El mismo milagro se operaba para mí: sólo que el cielo me parecía todo cubierto de un negro velo, la luna y las estrellas habían desaparecido y en medio de las tinieblas sólo veía resplandecer los ojos llameantes del vampiro. Llegamos de tal modo a Hango... apenas entrada, distinguí entre las sombras la tumba de Kostaki, junto a la de su padre, no sabía que estuviera allí y sin embargo la reconocí. Nada me era desconocido en aquella noche."

De manera extraordinaria se han suspendido las leyes físicas. La narradora compara la extraña procesión con la de Don Juan y el Comendador. Sin embargo, se alcanza a intuir que el autor ha buscado una mayor significación para la escena, haciendo de ella un espacio primordial, mágico, regenerador. Kostaki y Gregoriska combaten en un espacio mítico, reencarnan la lucha original, el enfrentamiento de los principios de que hablaban los gnósticos valentinianos de los primeros siglos del cristianismo (Cf. Ireneo de Lyon, Contra las Herejías, Lib. I) La representación es cósmica. Ocurre fuera del tiempo en la medida que la escena acontece bajo la ausente luz de las estrellas.

No obstante, aunque Gregoriska triunfe y libere a Edvige del poder del vampiro haciéndole beber su sangre, debe morir.

Para los gnósticos, más que las triadas, cuentan las tétradas. La primera y la principal, es la pitagórica "a la que llaman, asimismo, Raíz del universo. Hay en efecto, Abismo y Silencio, después de Intelecto y Verdad", describe Irineo.

Sin esta base, sería poco pausible explicar una história mítica tan compleja que en el fondo —intuyo— se refiere al "extravío de la Sabiduría" (ésa no llegada a Sabastru de Eduvige) en los términos de la Gnosis.

Pero valga este intento de explicación para apuntar la androginia latente que hay en la imagen del vampiro —y de los símbolos que se irán aliando a su imagen con el paso de los años y de autores por el vampiro como protagonista de una historia— por esa extraña regeneración del tiempo que esta narración expresa en su desarrollo.

Ya que Gregoriska mismo, en algún momento de su discurso para enfrentar la imagen del vampiro ha dicho que sólo en esos lugares ocurren hechos semejantes queda únicamente por resolver la causa de que Edvige atestigue y sea protagonista de tan singular acontecimiento:

—La estirpe de los Brankovan—confiesa Smeranda a Edvige— está maldita hasta la tercera y cuarta generación, porque un Brankovan mató a un sacerdote. El término de la maldición ha llegado: "vos, aunque esposa, sois virgen, y en mí se extingue el linaje".

En suma, la inquietud de Dumas por aprovechar la historia del reviniente Kostaki para narrar una historia milenaria, expresa la inquietud que despertaba la imagen del vampiro para la sociedad. Que si bien en su expresión profana iba a contar una historia siempre repetida, en sus detalles herméticos referiría un misterio que, por otras vertientes de la creación humana, se ha seguido transmitiendo veladamente, como una verdad más allá de la que preocupa al común de los mortales.
 
 



Copyright © 1997, 1998, Bernardo Ruiz
Revisión más reciente: martes 9 de junio de 1998